viernes, 14 de marzo de 2008

Cinco canciones (VI)

Hoy fui a recoger unas fotos; de las últimas que me quedaban por revelar (si, revelar; además de viejo, uno es un nostálgico) de cuando me subía a los escenarios. Algunas de la imágenes me han hecho reír. Situaciones de todo tipo se suceden. Las fotografías activan espoletas que detonan multitud de recuerdos, raíces, una suerte de metralla que me trae a la mente detalles perfectos, finos. Es curioso; para muchas otras cosas nunca he tenido buena memoria.

Bueno, además de esto, aparece la sexta entrega de las canciones de aquella lista de cinco, quizá ahora algo más desenredada de ese propósito inicial y saliendo por su cuenta, con sus prontos y sus previos. El caso es que siempre se anda en espera de acordes. También pueden ser ganas de contradecirme. Al fin y al cabo todo son necesidades, adicciones. No imagino el transcurso de las horas sin las canciones atravesándose, como animales en la carretera, en cualquier momento. Muchas veces se hacen necesarias. No sé cuántas veces a la semana me autoinduzco estados de ánimo determinados con temas concretos; lo que sí sé es que no puedo dejar de hacerlo, y que me calma.

La canción que hoy dejo me cogió de improviso. The Flame Still Burns es el tema central de una película, Still Crazy (en español, Siempre Locos), acerca de los avatares de un grupo. Una comedia; divertida en extremo y probablemente una de las visiones de un grupo de rock más honesta que he visto en todos estos años. Con sus desafines, sus escatologías, sus movidas, momentos sublimes, y, sobre todo, canciones. Rock and Roll.

quizá, entre imágenes y metralla, podría añadir

...con sus reventones de hernia en el escenario de un lugar lejano a cualquier galaxia conocida; con las llegadas a conciertos para los que olvidas echar una guitarra al equipaje; con las múltiples denuncias acumuladas; la metamorfosis imprevisible de los temas en el primer contacto con la electricidad; con la garganta a punto de partirse en dos en el momento más inoportuno, o la desmembración quirúrgica de un piano por piezas; con los técnicos de sonido extraterrestres; con las canciones a puerta cerrada o con la sensación de la multitud vibrando entre los acordes; con el verso, la idea, el riff dándote vueltas en la cabeza, en las hojas, en los dedos...

Sí; todo eso es rock. Apropiándome del verso de Lope, quien lo probó lo sabe.




I live a life that's surreal
Where all that I feel I am learning
Oh life, has been turned on the lathe
Reshaped with a flame that's still burning

And in time, it's all a sweet mystery
When you shake the tree of temptation
Yeah and I, I know the fear and the cost
Of a paradise lost in frustration

And the flame still burns
It's there in my soul for that unfinished goal
And the flame still burns
From a glimmer of then
It lights up again in my life
In my life, yeah

I, I want my thoughts to be heard
The unspoken words of my wisdom
Today, as the light starts to flow
Tomorrow who knows who will listen

But my life has no language of love
No word from above is appearing
Oh the time, in time there's a fire that's stoked
With a reason of hope and believing

And the flame still burns
It's there in my soul for that unfinished goal
And the flame still burns
From a glimmer of then
It lights up again in my life
In my life, yeah


Keep rolling keep that flame still burning
Keep on rolling while the world keeps turning
Yeah, keep a'rolling
Yeah, keep a'rolling, yeah

domingo, 24 de febrero de 2008

Marcapáginas. Pasos de Baile

Los chicos estaban sentados a la mesa. El hombre los miró. A la luz de la lámpara, creyó ver algo en sus caras. Algo agradable o desagradable. ¿Quién podía saberlo?

—Voy a apagar la televisión y a poner un disco —dijo el hombre—. También vendo el tocadiscos. Barato. ¿Cuán­to me dais por él?

El hombre acabó su whisky y se sirvió otro. Luego encontró la caja de los discos.

—Elige algo —animó a la chica, y le tendió los discos.

El chico extendía el cheque.

—Ahí tiene -contestó la chica eligiendo uno, uno cual­quiera, porque no conocía los nombres de las tapas. Se levantó de la mesa y se volvió a sentar. No quería estar sentada y quieta todo el tiempo.

—Estoy poniendo el importe —anunció el chico.

—Claro —dijo el hombre.

Bebieron. Escucharon el disco. Luego el hombre puso otro.

¿Por qué no bailáis?, decidió decir; y lo hizo:

—Eh, chicos, ¿por qué no bailáis?

—No, no —dijo el chico.

—Venga —insistió el hombre—. Es mi jardín. Podéis bailar si os apetece.


Abrazados, con los cuerpos muy juntos, el chico y la chica se deslizaban de un lado a otro por el firme de la entrada. Bailaban. Cuando se acabó el disco, bailaron con el siguiente, y cuando se acabó éste el chico de­claró:

—Estoy borracho. Y la chica negó:

—No estás borracho.

—Sí, estoy borracho.

El hombre dio la vuelta al disco, y el chico repitió:

—Lo estoy.

—Baila conmigo —le pidió la chica al chico, y luego al hombre; y cuando el hombre se levantó, avanzó hacía él con los brazos abiertos.

—Esa gente de allí. Están mirándonos -observó la chica.

—No pasa nada —dijo el hombre—. Es mi casa.

—Que miren —dijo la chica.

—Eso es —la apoyó el hombre—. Creían haberlo visto todo en esta casa. Pero no habían visto esto, ¿eh?

Sintió el aliento de la chica en el cuello.

—Espero que te guste la cama.

La chica cerró los ojos; luego los abrió. Pegó la cara contra el hombro del hombre. Y atrajo su cuerpo hacia sí.

—Debes de estar desesperado o algo parecido —le dijo


Fragmento de "¿Por qué no bailáis?" de Raymond Carver, en

Raymond Carver: "De qué hablamos cuando hablamos de amor".
Anagrama. Barcelona, 1993. Traducción de Jesús Zulaika.


miércoles, 13 de febrero de 2008

Edad

He cumplido años... a quién se le ocurre, a mi edad...

Ojalá pudiese no pensar en ello.

Caen como balas. Y están ahí, mientras pido o leo una carta del extranjero. Lesiones curiosas, a veces ínfimas, pero también rematadamente hijas de puta. Ya decía Vallejo hablando de los golpes... son pocos; pero son.

Calzado con las all star que Be me regaló en recuerdo de otros días, con un disco sonando mil veces, entre palabras estratégicas, estrategas, uno se descubre aferrado a pequeñas luces, no sin una sensación complicada clavada en la espalda...



Estas noches encerrado en casa
en vez de rastrear por esas calles,

en vez de regresar por la mañana,

escucho algunos discos de antes.

Estas noches encerrado en casa,

a salvo de encontrarme contigo...

hay veces en que espero una llamada

con tal de no cruzarme conmigo.


Sólo trato de mirar el pasado

sin dejar que el corazón se arrepienta.

Yo tampoco estoy preparado,

siempre dejo alguna puerta entreabierta

entre tú y yo.


Lenta pasa la tormenta

y los gatos tiemblan sobre el capó.

No me enseñes lo que ya aprendí,

no me digas lo que pude hacer

mucho mejor.


Estas noches encerrado en casa,

tan lejos de mis viejos amigos...

hay noches que no encuentro casi nada

de todo lo que ayer era mío.


Y sólo trato de mirar el pasado

sin dejar que el corazón se arrepienta.

Yo tampoco estoy preparado,

siempre dejo alguna puerta entreabierta

entre tú y yo.


Lenta sube la marea

cuando surge la primera canción.

No me enseñes lo que ya aprendí,

no me digas lo que pude hacer

mucho mejor.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El ojo de la mujer

Un caso de buscada casualidad. Me explico: Soy usuario casi diario de las diferentes bibliotecas de la ciudad; nunca he estudiado en otro sitio y son lugares ideales para desaparecer a ratos. Recuerdo estar peleando con algún tema de la puñetera oposición. Había, hay días así; es inevitable. Solía poner un pequeño cartel en el pupitre con dos mensajes a utilizar según conveniencia o circunstancias; por un lado decía: "Estado de concentración total. No agitar. No tocar. Peligro. Abstenerse". Al girarlo el mensaje era otro: "Por lo que más quiera: ¡Interrúmpame! cualquier tema será gratamente recibido". Hay días así; se intenta a toda costa lanzarse sobre cualquier cosa que te agarre y saque de aquello. En mi caso, el vagabundeo por las estanterías es una balsa agradable al tiempo que firme, y la elección casual de un tomo, una costumbre que espero no perder. Fue en una de esas que me vi leyendo, de pie, apoyado en la estantería, El ojo de la mujer, un pequeño tomo de poesía que me acompañó a casa y a otros tantos sitios. El día que tuve que devolverlo a la biblioteca entré directamente a buscarlo en la librería. Hoy sigue siendo una lectura asidua.

También hoy leo en la cuestionable sección de cultura del diario Ideal de Granada una reseña mientras disfruto en un bar de mi cotidiano encuentro fugaz con el café: Gioconda Belli gana el 50º premio Biblioteca Breve con "El infinito en la palma de la mano". Y miro, y ojeo la noticia tranquilamente, con la taza de café en el duro oficio de calentarme las manos. Es un encuentro madrugador y amable con una cara conocida, con la cara que firmaba aquellos versos de El ojo de la mujer.

Nunca había visto describir una desnudez del modo en el que ella lo hace. Siempre es lo primero que me viene a la mente; no había visto una desnudez como esa. La mujer desde todos los ángulos, se va desplegando como mujer-poema; ya sea desde su propia contemplación o desde la que le devuelven los ojos y cuerpos ajenos. Se extiende como si cada elemento, dedos, pelo, pecho, o curva de su piel enraizase con una naturaleza primigenia, reafirmando su capacidad creadora; naturaleza y mujer-poema, la cual va creando sobre sí misma. Siempre me da la impresión de adentrarme en cierta mística, cierta nocturnidad; en una calma lunar al volver a sus poemas. Algo secreto de lo que se sonríe ante mi incapacidad, pero también algo que la hace estremecer. La conciencia de su sexo, de sus identidades, de su forma, de sus certezas, se cruza en carriles con el descubrimiento de sus movimientos, de sus edades, de sus violencias y bajadas a los sótanos, de sus re-nacimientos y des-nacimientos. He ahí el ojo de la mujer.


Le había hablado a Be de aquel libro. Creo que le hablé más de lo que suelo, y eso debió parecerle extraño. Un tiempo más tarde, citándome en Gran Vía me regaló -sutilmente atravesado por un marcapáginas con fragmentos de un himno de Baudelaire- Apogeo, otro libro de poemas posterior. Allí está el apogeo de esa imagen reflejada en cada ámbito, esquina, papel o piel. El apogeo plantado en la encrucijada de la plenitud y también de los miedos. Re-creándose; desplegándose y contrayéndose como letras o cuerpos en contacto; lanzando sus raíces en movimientos cargados de erotismo y sabiduría, la mujer-poema se descubre.

No me arrepiento de nada

Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.

Gioconda Belli. Apogeo
Colección Visor de Poesía

martes, 25 de diciembre de 2007

Voyage to...


Navidades. Y los refugios antiaéreos cerrados.
Definitivamente no es mi época del año preferida.

Doy vueltas. Todos los días. Salgo a la calle tosiendo y con casi seiscientas canciones en el bolsillo de la chaqueta. Con billetes de viaje cancelados; billetes de viaje que han perdido la anotación de destino. Invalidados, quién sabe, por razones celestes o sulfúreas. Pero de un tiempo a esta parte sueño con viajes que hice, como dice la canción, en otro tiempo, en otro lugar. Tengo alguna dificultad para dar con el lugar o lugares a los que me dirigía, pero recuerdo los viajes, las ventanillas de autobuses y trenes extendidos en la noche hacia algún sitio inexacto; tal vez era lo menos importante. Se trataba de carreteras silenciadas siguiendo una cadencia concreta y uniforme. Es ahí donde estaba la calma; en cierto modo, la belleza. Pero ocurre lo mismo que con las imágenes a través de la ventanilla: las he perdido en un ritmo que no podría definir... se me han quedado atrás. Pies que llevan al mismo sitio. Vistas desde lo alto de los edificios. Ahora mis viajes están sólo aquí.

Casi perdido. La ciudad se pierde en mi cabeza y yo pierdo las páginas de los libros y los nombres de las calles. Pierdo las postales que no voy a recibir y las cartas en sobres apaisados. Pierdo los puntos de vista que guardé para estos casos; las ganas que nunca he tenido de llamar por teléfono, los diez céntimos sueltos para pagar un café sin molestias; las pastillas y la llave del estuche que no solía cerrar. Los lápices afilados, el rastro de las farolas que se persiguen, las ganas de agradar, los sombreros, la paciencia. Los mapas del suburbano y las nociones de Venecia. Pierdo una pila pequeña y, a veces -muy pocas-, también los miedos. Todo como un movimiento pequeño y cadencioso. Como adentrándose en carreteras o raíles en bruma.


lunes, 3 de diciembre de 2007

Más Bierce. Lexicografía política.

Me hablaban de política. De todos los bandos y colores; de verdad, de todos. En la facultad, en los bares, en las bodas, manifestaciones, bibliotecas y en las elecciones que tragué como presidente de mesa viendo a los diferentes gerifaltes del partido A/B/C servidos por los caterings más caros de la ciudad. Creo que, afortunadamente, unos y otros, ya desistieron de afiliarme. Mi opinión acerca de los grupos y la política en este país no aporta mucho a aquel que no se lleve bien con los antidepresivos médicos.

Para bien o para mal, la curiosidad histórica (esa gran desconocida para la mayoría de nuestra fauna política) y las lecturas tardías me han llevado a la desestimación categórica del charlatanerío, de las siglas y las filiaciones ad aeternum. Igual me ocurre con las disciplinas de partido. Debe ser cosa de tener como compañeros de nocturnidad y tertulia a Baudelaire y al Diablo. Especial gusto por la individualidad. Llámenlo, si les disgusta lo anterior, egocentrismo.


Hablaba el pasado mes del disfrute que me ocasiona la lectura de El Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Si me lo permiten les dejaré algunas acepciones cuanto menos curiosas o dignas de mentar.

No me malentiendan; nunca falto a una votación.
O casi.

ADHERENCIA: s. Cierta propiedad de la mano humana en sus relaciones con la moneda corriente. Alcanza máximo desarrollo en las manos de la autoridad, y es considerada un elemento útil para hacer la carrera política.

ALIANZA, s. En política internacional , la unión de dos ladrones, cada uno de los cuales tiene sus manos tan profundamente metidas en el bolsillo del otro que les resulta imposible robar por separado a un tercero.

CAMPAÑA ELECTORAL, s. Proceso que se cumple parándose sobre una plataforma y proclamando que Smith es un genio y Jones un gusano.

CULPABLE, adj. El otro tipo

DEMAGOGO, s. Adversario político.

ELECTO, p.p. irreg. adj. Elegido para hacerse cargo de un único deber y cien subordinados.

ELECTOR, s. Persona que goza del sagrado privilegio de votar por el candidato que eligieron otros.

PATRIOTISMO, s. Basura combustible siempre dispuesta para que la incendie la antorcha de cualquier ambicioso que quiera iluminar su propio nombre.

POLÍTICA, s. Medio de vida castigado por el sector más degradado de nuestra clase criminal.

POLÍTICA, s. Lucha de intereses enmascarada como enfrentamiento de principios. conducción de los asuntos públicos en busca de ventajas personales.

PRESIDENCIA, s. El cerdo engrasado en el campo de juego de la política.

PRESIDENTE, s. Jefe temporal, elegido por los líderes de un partido de bandidos políticos con el propósito de dividirse el botín entre todos.

PÚBLICO, s. Factor desdeñable en los problemas de legislación.

RADICALISMO, s. El conservadurismo de mañana inyectado en la política de hoy.

REBELDE, adj. El que propone un nuevo gobierno que no puede imponer.

RECUENTO DE VOTOS, s. En política, oportunidad de volver a echar los dados, de la que se acuerda el jugador contra el que los dados fueron cargados.

REFERÉNDUM, s. Sistema por el que se propone al voto popular un proyecto de ley, con el fin de averiguar qué significa la oposición pública.

REFORMA, s. Disfraz de campaña que se deja de lado una vez que cumplió su objetivo.

REFORMA, s. Algo que casi siempresatisface a los reformistas que se oponen a una nueva forma.

REPUBLICANO, adj. Sistema de gobierno en que la justicia e igual para todo el que pueda permitirse el lujo de pagarla.

SOBORNO, s. Lo que permite a un legislador vivir de su sueldo sin verse obligado a cometer economías deshonestas.

TIMAR, v tr. Decirle al pueblo soberano que si uno es elegido no robará.

ULTIMÁTUM, s. En diplomacia, una última exigencia antes de recurrir a las concesiones.
Bierce, Ambrose. El Diccionario del Diablo.
Publicado por El Club Diógenes. Valdemar.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Cinco canciones (y V)

Aquí está la quinta. Para quien no lo recuerde, en septiembre me propuse marcar cinco canciones; cinco canciones para una mañana cualquiera. No iban a ser las mejores ni iban a ser sometidas a una concienzuda criba. Simplemente se trata de cinco canciones que hubiese grabado tal vez en una cinta hace años... No lo sé, tal vez cinco canciones que hubiese puesto cualquier día en el reproductor mientras me preparaba para irme a trabajar, para dar una vuelta, para tirarlo todo por la borda o para vete a saber qué...



Antes escribía canciones.

Creo que, durante un tiempo, fue lo único que hice bien. Agarré una guitarra y todos los papeles que no había empleado en tomar nota de las lecciones del colegio y empecé. Lo hice realmente mal durante mucho tiempo... pero luego, algunos años más tarde, escribí algunas; no sé cuántas, pero eran canciones.


Pero no hablábamos de eso.

Quinta canción: No me voy a meter en obviedades. No se trata de una canción desconocida ni de ningún descubrimiento sesudo. Es Rock. Es para muchos una de las mejores canciones de la historia; para mi también. No voy a descubrir la pólvora esta noche. Sólo la dejaré sonar todas las veces que me apetezca.


Iba al colegio, con la cartera al hombro y un walkman del que no me separé en muchos años y que transmitía a mi cabeza inmensas melodías eléctricas. Es cierto que no tenía muchas más cosas en la mente; ni estudios ni carrera o planteamientos laborables futuribles. Ese espacio, supongo, estaba ocupado por discos que había ido rapiñando de colecciones ajenas. Aquellas letras en mi cabeza eran completamente diferentes a lo que cada uno de nosotros tenía en su libro sobre el pupitre. Tal vez de ahí vino el miedo, el miedo de hacer, leer o pensar lo que todos a mi alrededor estaban haciendo, leyendo o pensando. Y aquellos tipos de los discos hablaban de salir disparados antes de verse a ellos mismos como juraron no verse jamás. Aquellas canciones hablaban de todo aquello y eran la estela de polvo en la carretera, de quien no había querido quedarse a esperar, de quien decidió que no había tanto que perder.

Uno de aquellas voces que salían de mis cintas era y seguiría siendo la del autor de esta canción. Las canciones de el jefe se convirtió en la referencia, en imprescindible en mi equipaje mental; quizá no era lo más común para alguien de mi edad. Thunder Road ya llevaba algunos años escrita cuando yo nací. Nick Hornby dice que probablemente fue la canción que le llevó a convertirse en escritor, y que, de algún modo, la canción ha pasado a pertenecerle, la ha hecho de su propiedad... Entiendo bien a que se refiere. He ahí esa estela de polvo en la carretera de la que hablaba. Es escribir canciones como esa lo que hace alejarse de la ciudad a toda velocidad, como el ruido de motores de los coches, y nos tatúa a fuego el nacido para correr; no para huir sino para ser uno para no ser cualquier otro, cualquiera entre el resto de la gente.


Tengo un fragmento de El Jinete Polaco, de Muñoz Molina acorralado por un marcapáginas que alguien me debió regalar hace tiempo.

Pero yo he querido ser así, te lo juro, estaba envenenado de palabras, he seguido estándolo mucho después de que terminara mi adolescencia, he creído que amaba el nomadismo y la soledad porque eran palabras prestigiosas, adornadas por las mayúsculas de la literatura. Lo único cierto entre tanta mentira que me he contado era el miedo a permanecer, a que me envolvieran los hilos de la dependencia y la costumbre, el veneno letal de los hábitos diarios, el amor, los bares, el trabajo, la complacencia en la repetición, segregando una baba que se vuelve sólida al contacto del aire, que lo recluye a uno en su casa y en el número creciente de sus objetos, sus muebles, sus electrodomésticos, sus hijos o sus animales de compañía y lo acaba atando no porque uno haya elegido sino porque ha ido perdiendo sin saberlo toda posibilidad de elección.


Hace unos días limpiaba con un paño una de las guitarras que andan por casa. No sé cuánto tiempo llevo sin tocar, pero parecen tantos años que me asusta. Suelo tener algún disco puesto. Hay de fondo sonidos que no me dejan centrar del todo la mente en algo que intenta abrirse paso.


Aquí está. La quinta canción.


Llamadme poco original. Me importa una mierda.



The screen door slams Mary's dress waves

Like a vision she dances across the porch as the radio plays

Roy Orbison singing for the lonely

Hey that's me and I want you only

Don't turn me home again

I just can't face myself alone again

Don't run back inside, darling you know just what I'm here for

So you're scared and you're thinking that maybe we ain't that young anymore

Show a little faith, there's magic in the night

You ain't a beauty, but hey you're alright

Oh and that's alright with me


You can hide 'neath your covers and study your pain

Make crosses from your lovers, throw roses in the rain

Waste your summer praying in vain for a saviour to rise from these streets

Well, I'm no hero, that's understood

All the redemption I can offer, girl, is beneath this dirty hood

With a chance to make it good somehow

Hey what else can we do now

Except roll down the window and let the wind blow back your hair

Well the night's bustin' open, these two lanes will take us anywhere

We got one last chance to make it real

To trade in these wings on some wheels

Climb in back, heaven's waiting down on the tracks


Oh oh come take my hand

Riding out tonight to case the promised land

Oh oh oh oh Thunder Road, oh Thunder Road, oh Thunder Road

Lying out there like a killer in the sun

Hey I know it's late, we can make it if we run

Oh oh oh oh Thunder Road, sit tight, take hold, Thunder Road


Well I got this guitar and I learned how to make it talk

And my car's out back if you're ready to take that long walk

From your front porch to my front seat

The door's open but the ride it ain't free

And I know you're lonely for words that I ain't spoken

Tonight we'll be free, all the promises will be broken

There were ghosts in the eyes of all the boys you sent away

They haunt this dusty beach road in the skeleton frames of burned-out Chevrolets

They scream your name at night in the street

Your graduation gown lies in rags at their feet

And in the lonely cool before dawn

You hear their engines roaring on

But when you get to the porch they're gone on the wind,
so Mary climb in

It's a town full of losers and I'm pulling out of here to win

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Placer y Dolor

Cualquier otro no hubiese sido válido. Fue ése el momento exacto; la hora, las nubes, el día y la lluvia perfecta. Visitar París resultaba toda una responsabilidad para mi y Père Lachaise era una de mis dos únicas plazas no negociables. La primera hora de la mañana trajo consigo una lluvia fina y dispersa, brillante sobre los tonos grisáceos del cielo y la piedra. Entre árboles que asoman encrespadas y pronunciadísimas raíces que se elevan y caen violentamente, el Monument aux Morts desvía los pasos sin predeterminar hacia la tumba de Chopin, inconcebible ahora en cualquier otro sitio. Entre trozos despiertos o arrancados de otros sepulcros sin nombres o filiación ya ninguna, parece marcar los tempos de todo el camino. Los pies, las manos, la espalda; todo continua su movimiento; y hay una impresión de estar caminando por el borde de delgadas láminas de vidrio, evitando cualquier intervención que pueda hacerlas estallar en un ruido ensordecedor.

La belleza de los cementerios siempre me ha atraído. Tiene cierta argumentación lógica: La Belleza y la condición de lo sublime sobresaliendo a partir de algo tan descorazonadamente democrático como la muerte.

Jardín de columnas celestes, los sepulcros de Georges Rodenbach, Victor Noir, Théodore Gericault... Todos elevan los paisajes pétreos al cielo, al que hoy tiñen con sus tonos. Sobre la tumba de Oscar Wilde, infinidad de besos inenarrablente apasionados. Oscar Wilde, junto con Barbey d'Aurevilly y Charles Baudelaire, fue uno de los máximos representantes del dandysmo en el Siglo XIX. El dandy sobresale, provoca, asume como única realidad su propio yo a diferencia de todos; su yo a despecho de todos, que señalaría Sartre al hablar de Baudelaire; la genialidad sobre la mediocridad, la elegancia sobre la vulgaridad, la belleza, provenga ésta del cielo o del más profundo infierno, en las aristas invisibles para la multitud.

Ahí tienes -digo- la razón de los besos. Su muerte no podía ser una muerte más; Por eso los labios vienen a alzar, cada día, la belleza de este cuerpo que no buscó sino belleza. Las raíces del placer se intrincan en las del dolor abriéndose paso en un baile desgarrado. Besos que vienen a arrancar del resto, de todos los demás, a esta figura mediante uniones carnales que desafían orgullosas las reglas y los dictados universales del cielo o el infierno.

Un día nació en su alma el deseo de esculpir la estatua de El Placer que dura un instante. Y se fue por el mundo en busca de bronce, porque no podía contemplar sus obras más que en bronce. Pero el bronce había desaparecido del mundo entero y en ninguna parte de la Tierra podía encontrarse, salvo el bronce empleado en la estatua de El Dolor que se sufre toda la vida. Y era precisamente él mismo quien con sus propias manos había modelado esa estatua, colocándola en la tumba del único ser al que amó en su vida.

Erigió, pues, en la tumba de aquella mujer fallecida aquella estatua que era creación suya, para que fuese como señal del amor del hombre que es inmortal, y como símbolo del dolor humano que se sufre durante toda la vida.Y en el mundo entero no había mas bronce que el de esa estatua. Cogió entonces la estatua que había creado antaño, la metió en un gran horno y la entregó al fuego.

Y con el bronce de la estatua de El Dolor que se sufre toda la vida cinceló la estatua de El Placer que dura un instante.

Oscar Wilde - El Artista
Poemas en prosa