martes, 21 de octubre de 2008

Más pasos de baile

Esta entrada es para Be, que hará el papel de Debbie Reynolds;
A mi me toca el de Donald O'Connor, por lo payaso, no por el talento.

Una vez intenté aprender a bailar. La magnitud de las carcajadas que provoca el recuerdo de este episodio entre mis conocidos sólo es comparable al nivel de desesperación al que fui capaz de someter a mi sufrida tutora de bailes de salón de la universidad. Las últimas estimaciones médicas señalan que también Be, tras todos estos años, continúa arrastrando secuelas derivadas en parte de los pisotones, en parte de la vergüenza. Mirándolo desde el punto de vista de la autojustificación, se puede decir que por lo menos, ofrecí algunos momentos de música interesantes para que otros los bailaran.

En la última entrada que dejé, os hablaba del perfecto remedio de males que una reposición de Cantando bajo la lluvia supone para algunos de los males que nos andan liando las tardes, mañanas y noches. Recuerdo que una noche -¿o era una mañana?- junto a algunos compañeros y compañeras de título, imbuidos todos por los efluvios cerveceros granaínos, nos juramos y perjuramos llevar a cabo ciertos pasos de baile del susodicho film. Ni que decir tiene que algún hado obró en favor de todos evitando que llevásemos a cabo tal proyecto, además de lesiones irreparables.

Así que esta entrada también es para aquella compañía de correrías literarias y cinematográficas, y para los montones de gente a los que veo bailar muriéndome de envidia mientras yo, adoptando pose de "los tipos duros no bailan", no dejo de marcar el ritmo con las suelas.

Pues eso. Disfrutad de los pasos.

¡Ah! Y buenos días.


jueves, 2 de octubre de 2008

Cinco salvavidas para un verano

Por fin tiramos los últimos restos de verano a la papelera y enfilamos tramos más amables. Vale; sí. Hay veranos espectaculares. Para qué vamos a negarlo; veranos juveniles cuya esencia fundamental es el saber que nunca han de volver a ser. Así de claro.

No sé si lo recuerdas. Hay una escena de Lost in translation, en la que uno de los dos protagonistas comenta:

-No volvamos nunca jamás a este lugar, porque nunca volverá a ser tan divertido.

¿Dónde no deberíais volver nunca? (pregunta para mis tres lectores)


Recuerdo algún verano perdido, perdido también en la traducción, en el intento de recrearlo. No se trata de ninguna novedad. Todos sabemos en qué consiste. Lo que sí es del todo cierto es que ni mucho menos es mi época del año preferida. Los calores granaínos no gozan de mi favor o admiración, por lo que suelo acabar refugiándome en recónditos lugares, lejanos a las playas de telediario, abrazado a salvavidas muy poco ortodoxos, pero tremendamente eficaces, a la hora de hacernos llegar a salvo al puerto tranquilo del otoño y sus mantas, tras el naufragio de otros días.

Cinco salvavidas para un verano.
(Al tratarse de salvavidas factibles, al menos por el momento, ha sido omitida una velada con Julianne Moore.)


- Apenas cuarenta minutos en el cuadro imposible de Muxía.
- El "Volume One" de She and Him.
- La A.K. Damm nocturna. Los quintos diurnos y paisanos.
- El olor de ciudad desierta dispuesta a un reencuentro extraño con viejos amigos o enemigos.
- Una reposición a tiempo de Cantando bajo la lluvia.


También se admiten otras aportaciones. Más trabajo para el trío lector.

Y un temita de regalo por las tardanzas y las broncas.

domingo, 24 de agosto de 2008

Breves batallas: Avance informativo.

Hablo esta tarde con A*. Desde su cama huérfana de cubrealmohada, la reina del contrabando de galletas de canela habla suave al teléfono y tengo la impresión de que va a caer dormida en cualquier momento. A lo largo del verano me ha ido dejando mensajes. Me ha preguntado si me he mudado a otro planeta, si me han amputado las manos, o si es que realmente soy así de vago. Me pregunta en qué diablos estoy pensando para no escribir una sola palabra en meses, y hoy es la segunda persona que me repite que no cuento nada, aunque esto último, me temo, es opinión generalizada. Pero no hay muchas noticias. Es que ando desaparecido. Sólo eso.

Aún así, he jurado y perjurado que esta madrugada dejaría algunas palabras. Al ojo de noticias y señales de vida, encontré esto en el baúl de los recuerdos.

Avance infomativo

Se hizo el silencio en el cielo. Por primera vez en eternidades, el frío estremeció las facciones primigenias mientras el extranjero hablaba al oído inmenso de Dios, que escuchaba e iba exclamando con preocupación:

-Pero... ¿Cómo...? ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo es posible que no me haya enterado...?

miércoles, 25 de junio de 2008

Breves batallas. Elena no envía postales.

Debido a un exceso de cortesía por ambas partes, ni Elena quiso preguntar si ya le había enviado su carta ni yo me aventuré a preguntar si la misma había llegado. Ella no quería meter prisas y yo no consideraba correcto pedir impresiones antes de que la destinataria tuviera a bien dármelas. El caso es que la carta en cuestión ha desaparecido. No debería sorprendernos; no es nada nuevo. La correspondencia entre Elena y yo adolece de una suerte de maldición bíblica que, a veces, nos lleva a plantearnos la filiación mefistofélica de los funcionarios de correos, o el desasosiego que provocaría la llegada imprevista de una multitud de postales y sobres apaisados demasiado idealizados ya, en imágenes y letras, con el paso del tiempo; también la inquietud ante la idea de leer o dejarlos en el limbo particular de su momento.

Entre tanto Elena continúa viajando. Yo continúo esperando postales. O tal vez solo diciendo que espero postales. Las siguientes líneas son una pequeña maldad, un justificante que me remití a mi propia dirección hace ya tiempo.

Elena no envía postales
(Justificante probable)


Elena descenderá en un aeropuerto que, como a todos, temo.

Seguirá la ruta exacta que le marqué un día de enero, cuando intentaba hacerle un esbozo de los pasos dados por los protagonistas venecianos de La Cita de Poe mientras alguien nos hablaba, inútilmente, del origen del indoeuropeo. Caminará a intervalos y también recordará, entrando en una tienda ínfima, aquello del amontillado en Carnaval, y sin venir a cuento se verá preguntando por las máscaras que, no sé si sospecha, un verano me quitaron el sueño.

No tendrá hambre y ha de hacer hora hasta que abran el Palazzo Ducale, por lo que Elena recortará calles, casas y sombras que parecen descender al guiado de la línea 4 a la altura de Gare de l’Est y se disipan en la salida de Montparnasse, descrita en una guía que yo estaré deshaciendo a fuerza de intentarla atravesar con los ojos, con las manos. Y sé que después, mientras me tatúo el comienzo del tercer spleen en el ánimo, Elena llevará en los dedos un par de orquídeas que cortó sin permiso de mi recuerdo personal y que, entrando al cementerio, seguro dejará sobre la tumba de Baudelaire, tan cercana y ajena a mis fotografías.

Finalmente, después de alguna duda preliminar, se pondrá el cielo de Venecia en el pelo y decidirá que ésa es la foto más adecuada para acompañar mis envidias. Pero a punto de apretar el bolígrafo, Elena vacilará en un silencio de varios compases y, tras un par de amagos, devolverá las cosas al bolso mientras piensa a fe cierta que no tiene nada interesante que contarme.


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Fotografía: flickr. Para ver los datos de la foto pulsa aqui.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Cinco canciones (VII)

La primera de las cosas que se me vino a la mente fueron los paseos, lúcidos a su manera, de regreso a casa cuando empieza a amanecer, con una parada para un cortado en alguna de las cafeterías que comienzan a abrir. Esa era una. Poco factible por la hora, por las circunstancias, pero válida.

La segunda, me la prohibieron médicamente y creo que estoy planteándome seriamente pasar, una vez más, por alto la prohibición.

Y aquí seguía, buscando, revolviendo una lista: Cinco cosas, cinco escondites en los que, vete a saber, aparece, extraña, reluciente, la calma. Tonterías inconexas -si aparecen- y sin validez demostrable de una vez para otra.

No di con la tercera. Se pasó la tarde completa y parte de la noche sin darme cuenta, como un coche sin luces por una carretera larguísima. "Such is the passage of time... Too fast to fold..." me descubro canturreándome. Y no hay mucho más; aparece ahí. Pongo el disco, me siento, apoyado en la pared de la habitación. Ya es madrugada cuando dejo sonar "Rise".


La banda sonora de Into the wild es probablemente uno de los dos mejores discos que escuché el pasado año. Eddie Vedder se marca un tanto de los de libro. Un disco lleno de sinceridad, de cuidado y de tiempo. De calidez suave y de caminos sin demasiada prisa por concluir. Recuerdo que algunas veces tuve esta conversación con antiguos amigos; y solíamos llegar a la misma conclusión: puedes ser asquerosamente bueno, pero, además, es necesario, tiene que estar el gusto. No te imaginas hasta qué punto es importante. El gusto en cómo tocas, en cómo compones, en cómo lo concibes... lo que sea. Hay canciones cargadas de una calma leve, brillante, con las que hasta el rostro más duro siente cierta conciliación con sus demonios.

Este es un tema con gusto. Un lugar en calma.



Such is the way of the world
You can never know

Just where to put all your faith

And how will it grow


Gonna rise up

Burning back holes in dark memories

Gonna rise up

Turning mistakes into gold


Such is the passage of time

Too fast to fold

And suddenly swallowed by signs

Low and behold


Gonna rise up

Find my direction magnetically

Gonna rise up

Throw down my ace in the hole

jueves, 22 de mayo de 2008

Breves batallas. Energías


-Deberías liberar toda esa mala energía; sacarla fuera. Si no lo haces, va a acabar contigo.

Esto me comentaba Fede Palacios una tarde de Enero, regresando en coche tras preparar el sonido de un concierto para esa noche. Fede, pianista extravagante y personaje mucho más peculiar aún, era unos de los hombres más complacido con la vida que he podido conocer hasta la fecha. Quizá por eso, al verme en mi entonces natural estado de descontrol entre lo taciturno y lo eufórico, no dudaba en hacerme recomendaciones de todo tipo para encontrar la paz interior al tiempo que se rebuscaba en sus interminables bolsillos el papel de fumar que siempre perdía; todos los días le escuchaba decir que acabaría dejando el vicio.

Años más tarde, una madrugada de Mayo, en un desfase horario Granada-Miami di con él. Con su buen humor tan intacto como su espantosa ortografía, me contó algunas historias y charlamos durante largo rato. Cuando, casi sin pensarlo, le pregunté si había dejado de fumar y me contestó que no, me sentí aliviado en cierto modo.

Yo tampoco había declarado la amnistía interior.

sábado, 17 de mayo de 2008

Marcapáginas. En picado.

Martin fue el primero en llegar, y ya se encuentra sentado en la cornisa con las piernas colgando. Era un famoso presentador de televisión hasta que se hizo público un lío amoroso con una joven de quince años y toda su vida hasta la fecha se fue a la mierda. Una temporada en la cárcel, el ostracismo, y el cuchicheo constante de cuantos le ven pasar a su lado. Nada mucho mejor que estar allí, en lo alto del Toppers' House, pensando qué hay que pensar en esos momentos.


Maureen llegó un rato después; tanto tiempo preparándolo y al llegar arriba descubre que no había previsto lo de la valla de seguridad. Pero hay un hombre allí fuera sentado, y él sí ha traído una escalera. Maureen ya no es ninguna joven y lleva toda su vida repitiendo el mismo día, consistente en cuidar de un hijo incapacitado y acudir casi a diario a la iglesia. Así que la celebración de nochevieja es una fecha tan válida como puede serlo cualquier otra.

Jess, por su parte, que se encuentra en una fiesta de okupas en el mismo edificio, ha decidido después de siete Bacardi Breezers y dos latas de Special Brew, que, tras la ruptura con su chico, lanzarse de la azotea profiriendo toda clase de maldiciones y votos, tal vez no sea lo más adecuado para la hija de un ministro laborista, pero, en cambio, sí es la manera más rápida de aligerar el peso, la soledad y también la considerable borrachera que siente esa noche.

Entre tanto, JJ llevaba una pizza para entregar a un edificio de apartamentos del norte. Se sigue preguntando qué cuernos pinta allí, en el edificio, bueno en Londres, bueno... allí. El asunto es que ha decidido que tampoco la azotea del edificio de los suicidas es la peor opción en una comparativa; recapitula: "A ver... tu grupo se fue a la mierda, viste que se había jodido la música que era todo lo que querías hacer en la vida, ahora repartes pizzas y ADEMÁS rompiste con tu chica, que era la única razón por la que estabas en este jodido país. Sí, claro; ya veo por qué te has acabado subiendo aquí arriba". Solo que al llegar a la azotea encuentra a una adolescente chillona y chiflada, una mujer de mediana edad con pinta de asistenta, y a un presentador de un programa de entrevistas de la tele con cara de torta. "No pegaban nada el uno con el otro. El suicidio no se inventó para gente como ésa. Se inventó para gente como Virginia Woolf y Nick Drake." Pero allí está; con ellos. Con una pizza debajo del brazo y una cita de Raymond Carver en la cabeza.

No hace demasiado compré En picado, otra novela de Nick Hornby. Llevaba tiempo queriendo leerla. La compré una tarde y leí las primeras 160 páginas esa misma noche en la barra de un café. Guardé las restantes 160 para unos días más tarde ante la posibilidad de que todo se me esfumase demasiado rápido como para poder comentar conmigo mismo. Tras algo mas de una semana de por medio, hace unos días se acabó de deslizar la última página. En picado es una historia de desencanto. De suicidas sin caer en melodramas ni monólogos de filiación decimonónica; de una azotea en la que concurren cuatro puntos de vista enfocados en plano picado, para ir lentamente y poco a poco girando sobre sí y convertirse en una cámara subjetiva que va guiando la narración. He recogido trocitos de esos puntos de vista; de sus miradas, sus pasos y sus blasfemias (perdona, Maureen), y sobre todo del concepto vedado de la conciencia de la infelicidad. ¿Es malo? Quién sabe. Aunque parece estar más claro es que no está muy bien visto ser consciente de la infelicidad y estar cabreado por ello y dispuesto a cortar por lo sano. Tampoco hay ningún decreto ley por el que se deba nacer con una voluntad titánica de serie para sobreponerse a ella.

"...decirme a mí que puedo hacer lo que quiera es como quitar el tapón de la bañera y decirle al agua que vaya donde le plazca. Prueben a hacerlo. A ver qué pasa."

Hornby es capaz de desposeer al suicidio de toda mística trascendente sin hacer que los personajes queden abandonados a una función de marioneta de cachiporra. A través de su perspectiva, su acento cómico, incluso ácido a veces, parece ilustrar que las cosas más cotidianas quizá son las más dolorosas, las que dan más razones para aplastar un cigarrillo antes de haber consumido la mitad o desconectar todas las alarmas de la mañana. Pero del mismo modo puede llevar la situación a lo caótico, a lo esperpéntico provocando una carcajada agradecida, en mitad de un ningún sitio o tiempo en el que viven personajes que, sin aguantarse entre ellos o importarles lo más mínimo que alguien tire de la cadena y el planeta se cuele por un sumidero cósmico, saben que no tienen nada mejor que hacer que estar allí. Y pararse; y mirar; mirarse. tranquila o alocadamente. Y maldecir, callarse, tomar café, inventar imposibles historias acerca de ángeles con caras de actores famosos o, simplemente, irse de vacaciones.

Aunque sea con los pies al borde del abismo.

jueves, 24 de abril de 2008

Oficina de correos


Recibo una llamada; C** me dice que le ha llegado una canción que le envié. La voz le vacila entre un algo de preocupación y otro algo más de sarcasmo. Me pregunta si ocurre algo y respondo que cuál es el motivo de la pregunta. La contestación me trae desconcertado desde hace días:

-Es por la canción; es alegre.