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domingo, 24 de agosto de 2008

Breves batallas: Avance informativo.

Hablo esta tarde con A*. Desde su cama huérfana de cubrealmohada, la reina del contrabando de galletas de canela habla suave al teléfono y tengo la impresión de que va a caer dormida en cualquier momento. A lo largo del verano me ha ido dejando mensajes. Me ha preguntado si me he mudado a otro planeta, si me han amputado las manos, o si es que realmente soy así de vago. Me pregunta en qué diablos estoy pensando para no escribir una sola palabra en meses, y hoy es la segunda persona que me repite que no cuento nada, aunque esto último, me temo, es opinión generalizada. Pero no hay muchas noticias. Es que ando desaparecido. Sólo eso.

Aún así, he jurado y perjurado que esta madrugada dejaría algunas palabras. Al ojo de noticias y señales de vida, encontré esto en el baúl de los recuerdos.

Avance infomativo

Se hizo el silencio en el cielo. Por primera vez en eternidades, el frío estremeció las facciones primigenias mientras el extranjero hablaba al oído inmenso de Dios, que escuchaba e iba exclamando con preocupación:

-Pero... ¿Cómo...? ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo es posible que no me haya enterado...?

miércoles, 25 de junio de 2008

Breves batallas. Elena no envía postales.

Debido a un exceso de cortesía por ambas partes, ni Elena quiso preguntar si ya le había enviado su carta ni yo me aventuré a preguntar si la misma había llegado. Ella no quería meter prisas y yo no consideraba correcto pedir impresiones antes de que la destinataria tuviera a bien dármelas. El caso es que la carta en cuestión ha desaparecido. No debería sorprendernos; no es nada nuevo. La correspondencia entre Elena y yo adolece de una suerte de maldición bíblica que, a veces, nos lleva a plantearnos la filiación mefistofélica de los funcionarios de correos, o el desasosiego que provocaría la llegada imprevista de una multitud de postales y sobres apaisados demasiado idealizados ya, en imágenes y letras, con el paso del tiempo; también la inquietud ante la idea de leer o dejarlos en el limbo particular de su momento.

Entre tanto Elena continúa viajando. Yo continúo esperando postales. O tal vez solo diciendo que espero postales. Las siguientes líneas son una pequeña maldad, un justificante que me remití a mi propia dirección hace ya tiempo.

Elena no envía postales
(Justificante probable)


Elena descenderá en un aeropuerto que, como a todos, temo.

Seguirá la ruta exacta que le marqué un día de enero, cuando intentaba hacerle un esbozo de los pasos dados por los protagonistas venecianos de La Cita de Poe mientras alguien nos hablaba, inútilmente, del origen del indoeuropeo. Caminará a intervalos y también recordará, entrando en una tienda ínfima, aquello del amontillado en Carnaval, y sin venir a cuento se verá preguntando por las máscaras que, no sé si sospecha, un verano me quitaron el sueño.

No tendrá hambre y ha de hacer hora hasta que abran el Palazzo Ducale, por lo que Elena recortará calles, casas y sombras que parecen descender al guiado de la línea 4 a la altura de Gare de l’Est y se disipan en la salida de Montparnasse, descrita en una guía que yo estaré deshaciendo a fuerza de intentarla atravesar con los ojos, con las manos. Y sé que después, mientras me tatúo el comienzo del tercer spleen en el ánimo, Elena llevará en los dedos un par de orquídeas que cortó sin permiso de mi recuerdo personal y que, entrando al cementerio, seguro dejará sobre la tumba de Baudelaire, tan cercana y ajena a mis fotografías.

Finalmente, después de alguna duda preliminar, se pondrá el cielo de Venecia en el pelo y decidirá que ésa es la foto más adecuada para acompañar mis envidias. Pero a punto de apretar el bolígrafo, Elena vacilará en un silencio de varios compases y, tras un par de amagos, devolverá las cosas al bolso mientras piensa a fe cierta que no tiene nada interesante que contarme.


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Fotografía: flickr. Para ver los datos de la foto pulsa aqui.

jueves, 22 de mayo de 2008

Breves batallas. Energías


-Deberías liberar toda esa mala energía; sacarla fuera. Si no lo haces, va a acabar contigo.

Esto me comentaba Fede Palacios una tarde de Enero, regresando en coche tras preparar el sonido de un concierto para esa noche. Fede, pianista extravagante y personaje mucho más peculiar aún, era unos de los hombres más complacido con la vida que he podido conocer hasta la fecha. Quizá por eso, al verme en mi entonces natural estado de descontrol entre lo taciturno y lo eufórico, no dudaba en hacerme recomendaciones de todo tipo para encontrar la paz interior al tiempo que se rebuscaba en sus interminables bolsillos el papel de fumar que siempre perdía; todos los días le escuchaba decir que acabaría dejando el vicio.

Años más tarde, una madrugada de Mayo, en un desfase horario Granada-Miami di con él. Con su buen humor tan intacto como su espantosa ortografía, me contó algunas historias y charlamos durante largo rato. Cuando, casi sin pensarlo, le pregunté si había dejado de fumar y me contestó que no, me sentí aliviado en cierto modo.

Yo tampoco había declarado la amnistía interior.