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sábado, 17 de mayo de 2008

Marcapáginas. En picado.

Martin fue el primero en llegar, y ya se encuentra sentado en la cornisa con las piernas colgando. Era un famoso presentador de televisión hasta que se hizo público un lío amoroso con una joven de quince años y toda su vida hasta la fecha se fue a la mierda. Una temporada en la cárcel, el ostracismo, y el cuchicheo constante de cuantos le ven pasar a su lado. Nada mucho mejor que estar allí, en lo alto del Toppers' House, pensando qué hay que pensar en esos momentos.


Maureen llegó un rato después; tanto tiempo preparándolo y al llegar arriba descubre que no había previsto lo de la valla de seguridad. Pero hay un hombre allí fuera sentado, y él sí ha traído una escalera. Maureen ya no es ninguna joven y lleva toda su vida repitiendo el mismo día, consistente en cuidar de un hijo incapacitado y acudir casi a diario a la iglesia. Así que la celebración de nochevieja es una fecha tan válida como puede serlo cualquier otra.

Jess, por su parte, que se encuentra en una fiesta de okupas en el mismo edificio, ha decidido después de siete Bacardi Breezers y dos latas de Special Brew, que, tras la ruptura con su chico, lanzarse de la azotea profiriendo toda clase de maldiciones y votos, tal vez no sea lo más adecuado para la hija de un ministro laborista, pero, en cambio, sí es la manera más rápida de aligerar el peso, la soledad y también la considerable borrachera que siente esa noche.

Entre tanto, JJ llevaba una pizza para entregar a un edificio de apartamentos del norte. Se sigue preguntando qué cuernos pinta allí, en el edificio, bueno en Londres, bueno... allí. El asunto es que ha decidido que tampoco la azotea del edificio de los suicidas es la peor opción en una comparativa; recapitula: "A ver... tu grupo se fue a la mierda, viste que se había jodido la música que era todo lo que querías hacer en la vida, ahora repartes pizzas y ADEMÁS rompiste con tu chica, que era la única razón por la que estabas en este jodido país. Sí, claro; ya veo por qué te has acabado subiendo aquí arriba". Solo que al llegar a la azotea encuentra a una adolescente chillona y chiflada, una mujer de mediana edad con pinta de asistenta, y a un presentador de un programa de entrevistas de la tele con cara de torta. "No pegaban nada el uno con el otro. El suicidio no se inventó para gente como ésa. Se inventó para gente como Virginia Woolf y Nick Drake." Pero allí está; con ellos. Con una pizza debajo del brazo y una cita de Raymond Carver en la cabeza.

No hace demasiado compré En picado, otra novela de Nick Hornby. Llevaba tiempo queriendo leerla. La compré una tarde y leí las primeras 160 páginas esa misma noche en la barra de un café. Guardé las restantes 160 para unos días más tarde ante la posibilidad de que todo se me esfumase demasiado rápido como para poder comentar conmigo mismo. Tras algo mas de una semana de por medio, hace unos días se acabó de deslizar la última página. En picado es una historia de desencanto. De suicidas sin caer en melodramas ni monólogos de filiación decimonónica; de una azotea en la que concurren cuatro puntos de vista enfocados en plano picado, para ir lentamente y poco a poco girando sobre sí y convertirse en una cámara subjetiva que va guiando la narración. He recogido trocitos de esos puntos de vista; de sus miradas, sus pasos y sus blasfemias (perdona, Maureen), y sobre todo del concepto vedado de la conciencia de la infelicidad. ¿Es malo? Quién sabe. Aunque parece estar más claro es que no está muy bien visto ser consciente de la infelicidad y estar cabreado por ello y dispuesto a cortar por lo sano. Tampoco hay ningún decreto ley por el que se deba nacer con una voluntad titánica de serie para sobreponerse a ella.

"...decirme a mí que puedo hacer lo que quiera es como quitar el tapón de la bañera y decirle al agua que vaya donde le plazca. Prueben a hacerlo. A ver qué pasa."

Hornby es capaz de desposeer al suicidio de toda mística trascendente sin hacer que los personajes queden abandonados a una función de marioneta de cachiporra. A través de su perspectiva, su acento cómico, incluso ácido a veces, parece ilustrar que las cosas más cotidianas quizá son las más dolorosas, las que dan más razones para aplastar un cigarrillo antes de haber consumido la mitad o desconectar todas las alarmas de la mañana. Pero del mismo modo puede llevar la situación a lo caótico, a lo esperpéntico provocando una carcajada agradecida, en mitad de un ningún sitio o tiempo en el que viven personajes que, sin aguantarse entre ellos o importarles lo más mínimo que alguien tire de la cadena y el planeta se cuele por un sumidero cósmico, saben que no tienen nada mejor que hacer que estar allí. Y pararse; y mirar; mirarse. tranquila o alocadamente. Y maldecir, callarse, tomar café, inventar imposibles historias acerca de ángeles con caras de actores famosos o, simplemente, irse de vacaciones.

Aunque sea con los pies al borde del abismo.

domingo, 24 de febrero de 2008

Marcapáginas. Pasos de Baile

Los chicos estaban sentados a la mesa. El hombre los miró. A la luz de la lámpara, creyó ver algo en sus caras. Algo agradable o desagradable. ¿Quién podía saberlo?

—Voy a apagar la televisión y a poner un disco —dijo el hombre—. También vendo el tocadiscos. Barato. ¿Cuán­to me dais por él?

El hombre acabó su whisky y se sirvió otro. Luego encontró la caja de los discos.

—Elige algo —animó a la chica, y le tendió los discos.

El chico extendía el cheque.

—Ahí tiene -contestó la chica eligiendo uno, uno cual­quiera, porque no conocía los nombres de las tapas. Se levantó de la mesa y se volvió a sentar. No quería estar sentada y quieta todo el tiempo.

—Estoy poniendo el importe —anunció el chico.

—Claro —dijo el hombre.

Bebieron. Escucharon el disco. Luego el hombre puso otro.

¿Por qué no bailáis?, decidió decir; y lo hizo:

—Eh, chicos, ¿por qué no bailáis?

—No, no —dijo el chico.

—Venga —insistió el hombre—. Es mi jardín. Podéis bailar si os apetece.


Abrazados, con los cuerpos muy juntos, el chico y la chica se deslizaban de un lado a otro por el firme de la entrada. Bailaban. Cuando se acabó el disco, bailaron con el siguiente, y cuando se acabó éste el chico de­claró:

—Estoy borracho. Y la chica negó:

—No estás borracho.

—Sí, estoy borracho.

El hombre dio la vuelta al disco, y el chico repitió:

—Lo estoy.

—Baila conmigo —le pidió la chica al chico, y luego al hombre; y cuando el hombre se levantó, avanzó hacía él con los brazos abiertos.

—Esa gente de allí. Están mirándonos -observó la chica.

—No pasa nada —dijo el hombre—. Es mi casa.

—Que miren —dijo la chica.

—Eso es —la apoyó el hombre—. Creían haberlo visto todo en esta casa. Pero no habían visto esto, ¿eh?

Sintió el aliento de la chica en el cuello.

—Espero que te guste la cama.

La chica cerró los ojos; luego los abrió. Pegó la cara contra el hombro del hombre. Y atrajo su cuerpo hacia sí.

—Debes de estar desesperado o algo parecido —le dijo


Fragmento de "¿Por qué no bailáis?" de Raymond Carver, en

Raymond Carver: "De qué hablamos cuando hablamos de amor".
Anagrama. Barcelona, 1993. Traducción de Jesús Zulaika.


miércoles, 6 de febrero de 2008

El ojo de la mujer

Un caso de buscada casualidad. Me explico: Soy usuario casi diario de las diferentes bibliotecas de la ciudad; nunca he estudiado en otro sitio y son lugares ideales para desaparecer a ratos. Recuerdo estar peleando con algún tema de la puñetera oposición. Había, hay días así; es inevitable. Solía poner un pequeño cartel en el pupitre con dos mensajes a utilizar según conveniencia o circunstancias; por un lado decía: "Estado de concentración total. No agitar. No tocar. Peligro. Abstenerse". Al girarlo el mensaje era otro: "Por lo que más quiera: ¡Interrúmpame! cualquier tema será gratamente recibido". Hay días así; se intenta a toda costa lanzarse sobre cualquier cosa que te agarre y saque de aquello. En mi caso, el vagabundeo por las estanterías es una balsa agradable al tiempo que firme, y la elección casual de un tomo, una costumbre que espero no perder. Fue en una de esas que me vi leyendo, de pie, apoyado en la estantería, El ojo de la mujer, un pequeño tomo de poesía que me acompañó a casa y a otros tantos sitios. El día que tuve que devolverlo a la biblioteca entré directamente a buscarlo en la librería. Hoy sigue siendo una lectura asidua.

También hoy leo en la cuestionable sección de cultura del diario Ideal de Granada una reseña mientras disfruto en un bar de mi cotidiano encuentro fugaz con el café: Gioconda Belli gana el 50º premio Biblioteca Breve con "El infinito en la palma de la mano". Y miro, y ojeo la noticia tranquilamente, con la taza de café en el duro oficio de calentarme las manos. Es un encuentro madrugador y amable con una cara conocida, con la cara que firmaba aquellos versos de El ojo de la mujer.

Nunca había visto describir una desnudez del modo en el que ella lo hace. Siempre es lo primero que me viene a la mente; no había visto una desnudez como esa. La mujer desde todos los ángulos, se va desplegando como mujer-poema; ya sea desde su propia contemplación o desde la que le devuelven los ojos y cuerpos ajenos. Se extiende como si cada elemento, dedos, pelo, pecho, o curva de su piel enraizase con una naturaleza primigenia, reafirmando su capacidad creadora; naturaleza y mujer-poema, la cual va creando sobre sí misma. Siempre me da la impresión de adentrarme en cierta mística, cierta nocturnidad; en una calma lunar al volver a sus poemas. Algo secreto de lo que se sonríe ante mi incapacidad, pero también algo que la hace estremecer. La conciencia de su sexo, de sus identidades, de su forma, de sus certezas, se cruza en carriles con el descubrimiento de sus movimientos, de sus edades, de sus violencias y bajadas a los sótanos, de sus re-nacimientos y des-nacimientos. He ahí el ojo de la mujer.


Le había hablado a Be de aquel libro. Creo que le hablé más de lo que suelo, y eso debió parecerle extraño. Un tiempo más tarde, citándome en Gran Vía me regaló -sutilmente atravesado por un marcapáginas con fragmentos de un himno de Baudelaire- Apogeo, otro libro de poemas posterior. Allí está el apogeo de esa imagen reflejada en cada ámbito, esquina, papel o piel. El apogeo plantado en la encrucijada de la plenitud y también de los miedos. Re-creándose; desplegándose y contrayéndose como letras o cuerpos en contacto; lanzando sus raíces en movimientos cargados de erotismo y sabiduría, la mujer-poema se descubre.

No me arrepiento de nada

Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.

Gioconda Belli. Apogeo
Colección Visor de Poesía

lunes, 3 de diciembre de 2007

Más Bierce. Lexicografía política.

Me hablaban de política. De todos los bandos y colores; de verdad, de todos. En la facultad, en los bares, en las bodas, manifestaciones, bibliotecas y en las elecciones que tragué como presidente de mesa viendo a los diferentes gerifaltes del partido A/B/C servidos por los caterings más caros de la ciudad. Creo que, afortunadamente, unos y otros, ya desistieron de afiliarme. Mi opinión acerca de los grupos y la política en este país no aporta mucho a aquel que no se lleve bien con los antidepresivos médicos.

Para bien o para mal, la curiosidad histórica (esa gran desconocida para la mayoría de nuestra fauna política) y las lecturas tardías me han llevado a la desestimación categórica del charlatanerío, de las siglas y las filiaciones ad aeternum. Igual me ocurre con las disciplinas de partido. Debe ser cosa de tener como compañeros de nocturnidad y tertulia a Baudelaire y al Diablo. Especial gusto por la individualidad. Llámenlo, si les disgusta lo anterior, egocentrismo.


Hablaba el pasado mes del disfrute que me ocasiona la lectura de El Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Si me lo permiten les dejaré algunas acepciones cuanto menos curiosas o dignas de mentar.

No me malentiendan; nunca falto a una votación.
O casi.

ADHERENCIA: s. Cierta propiedad de la mano humana en sus relaciones con la moneda corriente. Alcanza máximo desarrollo en las manos de la autoridad, y es considerada un elemento útil para hacer la carrera política.

ALIANZA, s. En política internacional , la unión de dos ladrones, cada uno de los cuales tiene sus manos tan profundamente metidas en el bolsillo del otro que les resulta imposible robar por separado a un tercero.

CAMPAÑA ELECTORAL, s. Proceso que se cumple parándose sobre una plataforma y proclamando que Smith es un genio y Jones un gusano.

CULPABLE, adj. El otro tipo

DEMAGOGO, s. Adversario político.

ELECTO, p.p. irreg. adj. Elegido para hacerse cargo de un único deber y cien subordinados.

ELECTOR, s. Persona que goza del sagrado privilegio de votar por el candidato que eligieron otros.

PATRIOTISMO, s. Basura combustible siempre dispuesta para que la incendie la antorcha de cualquier ambicioso que quiera iluminar su propio nombre.

POLÍTICA, s. Medio de vida castigado por el sector más degradado de nuestra clase criminal.

POLÍTICA, s. Lucha de intereses enmascarada como enfrentamiento de principios. conducción de los asuntos públicos en busca de ventajas personales.

PRESIDENCIA, s. El cerdo engrasado en el campo de juego de la política.

PRESIDENTE, s. Jefe temporal, elegido por los líderes de un partido de bandidos políticos con el propósito de dividirse el botín entre todos.

PÚBLICO, s. Factor desdeñable en los problemas de legislación.

RADICALISMO, s. El conservadurismo de mañana inyectado en la política de hoy.

REBELDE, adj. El que propone un nuevo gobierno que no puede imponer.

RECUENTO DE VOTOS, s. En política, oportunidad de volver a echar los dados, de la que se acuerda el jugador contra el que los dados fueron cargados.

REFERÉNDUM, s. Sistema por el que se propone al voto popular un proyecto de ley, con el fin de averiguar qué significa la oposición pública.

REFORMA, s. Disfraz de campaña que se deja de lado una vez que cumplió su objetivo.

REFORMA, s. Algo que casi siempresatisface a los reformistas que se oponen a una nueva forma.

REPUBLICANO, adj. Sistema de gobierno en que la justicia e igual para todo el que pueda permitirse el lujo de pagarla.

SOBORNO, s. Lo que permite a un legislador vivir de su sueldo sin verse obligado a cometer economías deshonestas.

TIMAR, v tr. Decirle al pueblo soberano que si uno es elegido no robará.

ULTIMÁTUM, s. En diplomacia, una última exigencia antes de recurrir a las concesiones.
Bierce, Ambrose. El Diccionario del Diablo.
Publicado por El Club Diógenes. Valdemar.


miércoles, 7 de noviembre de 2007

Lexicografía. Ases

Debe ser por las manías que pasean en desfile por mi espalda; o porque me volví tan sumamente cauteloso de quien me rodea que selecciono hasta el extremo con quien cruzo una palabra. Debe ser por eso, que entro en una librería maldiciendo las palabras que me llevo repitiendo años y salgo llevando en la mano El Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Puestos a escoger un interlocutor, es mejor ir a las claras. No cabe duda de que el Diablo es un contertulio sagaz al tiempo que hábil; rara vez con él las conversación o las palabras son vanas, pero, igualmente, es necesario usar las exactas.

Ambrose Bierce (1842-¿1914?) atraviesa con una mirada afilada a cuchillo cada uno de los aspectos de la realidad y opta por inyectar a las palabras, a través de la finísima aguja de la ironía, su verdadero significado. Como si se tratase de los espejos cóncavos y convexos del callejón del gato, Bierce deforma la semántica del vocabulario para mostrar la realidad tal cual es ahora; para mostrar las metamorfosis de las ideas que han quedado cubiertas por un uso en igual modo pretendido que olvidado, o manoseado a discreción. Bierce coge prestados los ojos del diablo, los mismos tal vez que mostrará en algunas de sus historias (la escritura de Bierce es heredera directa de Poe, y fundamental para otras posteriores como la de Lovecraft) y, al igual que el Diablo, entre el humor y el dolor, se recrea y se estremece ante la visión que su propia mirada le ofrecen. La ironía le mueve desde el regocijo despiadado hasta la conciencia cruda y sangrante.

A finales de 1913 Bierce pasea por los campos de batalla donde descansaron los cadáveres y las atrocidades de su juventud; poco más tarde cruza la frontera con México, entonces en plena revolución; el día de Nochebuena de ese mismo año envió un par de telegramas y nunca se volvió a saber de él. ¿Había dejado de hablar aquella lengua definitivamente, para salir en busca de las expresiones iniciales, los lenguajes primigenios del hombre?


Quedan pocas palabras en el bolsillo. Dejo algunos Ases.

  • AUSENTE, adj. Expuesto a los ataques de amigos y conocidos; difamado; calumniado.
  • ABDICACIÓN, s. Acción de entregar una corona a cambio de una cogulla, con el fin de dedicarse a coleccionar tibias y uñas de santos. Renuncia voluntaria a lo que ya fue quitado por la fuerza. Legado de un trono, con el propósito de saborear el malestar de un sucesor. Por todas estas definiciones estamos en deuda con la historia española.
  • ABSTEMIO, adj. Persona débil que sucumbe ante la tentación de negarse a un placer. Abstemio total es quien se abstiene de todo, salvo de la abstención, y especialmente de no entrometerse en los asuntos ajenos.
  • ALIANZA, s. En política internacional, la unión de dos ladrones, cada uno de los cuales tiene sus manos tan profundamente metidas en el bolsillo del otro que les resulta imposible robar por separado a un tercero.
  • AÑO, s. Un periodo de trescientas sesenta y cinco decepciones.

viernes, 19 de octubre de 2007

Marcapáginas; Mala Suerte

"Un infortunado fue llevado no hace mucho ante nuestros tribunales; en la frente lucía un curioso y singular tatuaje: ¡Mala suerte! Llevaba así sobre sus ojos el marbete de su vida, como un libro su título, y el interrogatorio prueba que ese curioso rótulo era cruelmente verídico. Existen en la historia, destinos análogos, verdaderas maldiciones, hombres que llevan la palabra malaventurado escrita en misteriosos caracteres en los pliegues sinuosos de su frente. El ángel ciego de la expiación se ha adueñado de ellos y les fustiga con toda su fuerza para edificación de los demás. En vano su vida muestra talentos, virtudes, gracia; la sociedad les reserva un anatema especial, acusando en ellos las debilidades que les ha procurado su persecución. (...) ¿Existe por tanto una providencia diabólica que prepara el infortunio desde la cuna, que arroja con premeditación a las naturalezas espirituales y angélicas en medios hostiles, como a los mártires en los circos?"

Fragmento del texto introductorio de la traducción al francés
de Historias Extraordinarias, de Edgar Allan Poe, por Charles Baudelaire en 1856

domingo, 14 de octubre de 2007

Marcapáginas. Más Lowry.

Malcolm Lowry











El Cerezo Silvestre


Pusimos un puntal bajo la rama que se doblaba
Suspirando sobre la playa, colocamos cuatro piedras
En un montón sobre él, aunque pensamos que nuestros suspiros
eran los del cerezo, porque éste, como si estuviera
Totalmente compuesto por cicatrices del destino
Se obstinaba en acostarse como un mástil,
Terco como un aplastado botalón recalcitrante
Que ni se deja cortar ni amarrar.
Paso a paso- sin embargo, no era un apostador
De la vida ni del escaso apoyo
Donde dejamos a sus ramas muertas interrogarse
Hasta que su pulso sea renovado al sol, sintiendo
El apasionado odio de ese árbol

Cuyo anhelo era flotar en el mar.

jueves, 11 de octubre de 2007

Lowry

No me concentro. Tengo un día complicado. Paseo y doy vueltas por la mañana de una ciudad que va pulsando los botones de encendido y funcionamiento. Entro en una librería y salgo con un libro de poemas de Malcolm Lowry. Desconocía que escribiese poesía y pienso que todo lo que sé de él es lo que he encontrado en los pasajes escuetos de Bajo el Volcán, uno de esos libros que he ido posponiendo por miedo a que pase demasiado deprisa por mi vida... otra de esas estupideces que uno nunca deja de acometer. Me siento en la Plaza de las Pasiegas. Hay tránsito de periódicos, zapatos y paradas de desayuno.

Lowry es una de las búsquedas más vertiginosas de la autodestrucción que me he cruzado. Es desgarrador queriendo, a toda costa, mirar como cotidiano lo desesperado. Las cantinas, Venus, El Idioma del dolor del hombre... Lowry mira y habla con voz dejada, o tal vez rajada, como un barco cada vez más agrietado que indefectiblemente navega hacia el norte.

Como hombres sentados en plazas que desearíamos ver vacías, para sentirnos más autorizados moralmente a ciertos miedos, más conocidos, menos hondos; Para no plantearnos miedos de palabras comunes, y de hombres y mujeres comprobando el reloj; de perros al sol y repartidores; de te llamo en cinco minutos o simplemente no quiero llamarte, de bibliotecas ya abiertas y deberías estar en otro sitio trabajando o tal vez mirando todos los espejos oblicuos de la ciudad.


Hombres con abrigo azotados por el viento


Nuestras vidas, no lo lamentemos
son como cigarrillos frenéticos
que en días de tormenta
los hombres encienden contra el viento
con hábil mano protectora
y después se encienden tan a fondo
como deudas que no podemos pagar
y se fuman tan deprisa a sí mismos
que uno casi no tiene tiempo de encender
una segunda vida que podría
desarrollarse más blandamente que la primera
y en definitiva no saben a nada
y por lo general se tiran.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Epílogo

He encontrado guardada, en los archivos de la noche de los tiempos esta entrada escrita y preparada para iniciar; supongo que debió quedarse olvidada, como el propio blog, por dejadez. Tal vez no es el título más indicado para la primera entrada de un cuaderno; pero no pude dar con ninguno más adecuado que el que cierra la colección de poemas en prosa de mi siempre presente Charles Baudelaire. El Spleen de París, al igual que en Las Flores del Mal recorre desde los más colosales a los más ínfimos recodos de la existencia. Toda la belleza encontrada en donde nadie puede encontrarla; esas son las flores de las que hablará el poeta. Condenado y liberado. Sube a mirar, desde la montaña, la ciudad. La ciudad que conoce, que lo hace ser lo que es; ciudad ilimitada, maldita, eterna, ciudad vampiro y ciudad ideal aparece y se recrea a su mirada.
A la mirada de su cuaderno.

Épilogue

Le coeur content, je suis monté sur la montagne
D’où l’on peut contempler la ville en son ampleur,

Hôpital, lupanars, purgatoire, enfer, bagne,

Où toute énormité fleurit comme une fleur.


Tu sais bien, ô Satan, patron de ma détresse,

Que je n’allais pas là pour répandre un vain pleur ;

Mais comme un vieux paillard d’une vieille maîtresse,

Je voulais m’enivrer de l’énorme catin


Dont le charme infernal me rajeunit sans cesse.

Que tu dormes encor dans les draps du matin,

Lourde, obscure, enrhumée, ou que tu te pavanes

Dans les voiles du soir passementés d’or fin,

Je t’aime, ô capitale infâme ! Courtisanes

Et bandits, tels souvent vous offrez des plaisirs

Que ne comprennent pas les vulgaires profanes.


________________

A la montaña he subido, dichoso el corazón. / Desde allí, enteramente, puede verse la ciudad: / Purgatorio, lupanares, infierno, hospitales, prisión. /Toda desmesura florece allí como una flor. / Y tú ya sabes, ¡Oh Satán!, dueño de mi aflicción, / Que no subía a derramar lágrimas vacías, / Sino que, como viejo lascivo con su vieja amante, / Así quería embriagarme de la enorme ramera / Cuyo encanto infernal rejuvenece mi vida. / Ya sigas dormida entre las sábanas del amanecer, / Pesada, oscura, resfriada; o ya te engalanes / Con los velos de la noche recamados de oro fino, / Te quiero, ¡Oh infame capital! Vosotras, cortesanas, / Y vosotros, bandidos, a menudo brindáis placeres / Que el vulgo profano no sabe comprender.