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lunes, 5 de enero de 2009

Marcapáginas. Luces y sombras: Tess Gallagher, Raymond Carver, J. Agustín Goytisolo.

Recuerdo que una vez me regalaron un pequeño jardín zen en un tupperware de cristal ignífugo. En la tarjeta se podía leer algo parecido a kit antiestrés para cantantes neuróticos. A pesar de la evidente sorna y mofa que hacia mí había en los autores de la idea, no pude tomármelo a mal ; los desórdenes de todo ámbito y ubicación que me acompañan se vieron durante no pocos momentos aplacados, al tiempo que reconvertidos en pequeñas figuras, siluetas, desiertos de bolsillo con dunas de felino en reposo, o aguas figuradas en encuentro.

No dudo que me haría falta algo más que esto -pongamos un subfusil patrocinado por mi buen A**- si las navidades durasen todo el año. Me imagino que la combinación de cenas de navidad, sorteos, y el maremágnum de voces, sprays de nieve artificial y sistemas públicos de amplificación de villancicos en camiserías, restaurantes pakistaníes, y mutuas de seguros, son un cóctel demasialdo cargado para mi.

Aunque no he perdido opción de pasear y pasar por mi librería preferida llena hasta la bandera, para regocijo, imagino, de sus dueños, y para cierta complicación del que escribe. Tampoco he querido desentonar de todos los que se apelotonaban sobre el pequeño mostrador y, al llegar mi turno, he pedido, no sé si con más ironía que amabilidad, que me envolviesen mis compras para regalo. Al fin y al cabo... ¿no son los propios regalos un acierto casi seguro?

¿Todo esto al caso de qué?

He comprado y comenzado a leer El puente que cruza la luna, de Tess Gallagher. Todo lo que sabía de esta mujer es lo que lei en el prólogo de la obra poética de Carver y que supervisó gran parte de su genial obra. Pero eso ha sido más que suficiente. Más en estos dos últimos años, en los que Ray Carver -discúlpeseme la confianza- ha sido línea contínua, intermitente, de paso, de una carretera compleja y nocturna de lecturas para sobrevivir, por muy irónico que esto suene, tratando lo que se trata.

El libro se anuncia a sí mismo en la contraportada como "un homenaje íntimo al marido muerto: al hombre galvánico y contradictorio que fue Raymond Carver". Esta presentación me hizo desconfiar de primeras: Demasiado presente el nombre del esposo para hacer atractiva la obra, al igual que en la previa "Carver y yo" (Bartleby Editores 2007), con lo cual, debería haberlo dejado pasar, pero la reflexión me llevó por derroteros más simples. ¿Cuál es el problema?

¿No era acaso eso lo que yo andaba buscando? No me acerqué a ese volumen buscando a Tess Gallagher, sino buscando a Raymond Carver, buscando ahondar más en las profundidades del hombre; buscando al autor de De qué hablamos cuando hablamos de amor, o de la disección más fríamente precisa que he podido asimilar del miedo:

(poema completo en el enlace)
Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
(...)
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
(...)
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
(...)
Una vez aclarado eso, dejé mi reticencia inicial de lado y me dispuse a ojear en el rincón de estanterías que los compradores de diciembre evitan, el volumen referido. Y aquí encontré el punto definitivo que me hizo llevarme el poemario bajo el brazo y bien envuelto junto al consabido marcapáginas que siempre me dispensa la casa: El poema inicial que abre el conjunto:

Sí

Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellon de Plata de Kyoto
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna

¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?

¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo. Estoy de duelo.


Me gusta. Más allá del sincretismo de esquinas pulidas que ofrece, la idea de las luces y las sombras, de los claroscuros como reflejo de los estados anímicos o del espíritu, siempre me ha atraido. La sombra, la ausencia en este caso, como contrapartida necesaria para afirmar la propia luz, como condición indispensable. Los destellos de sombra iluminan, germinan en las páginas de El puente que cruza la luna como el leitmotiv que permiten descubrir piezas delicadas, cuidadas.

Al igual que para el rebelde es absolutamente necesario aquello contra lo que se rebela, sin poder asumir su falta, pues eso significa su propia ausencia, las oscuridades y las luces procesan necesidades recíprocas; insalvables; abocadas. Como una sentencia primigenia e irrecurrible, inscrita en personas y cosas. Volviendo a leer este comienzo, ya en casa, me ha venido a la mente otro texto, perteneciente a un libro que he perdido ya dos o tres veces en préstamos o en el mano a mano, y al que guardo espacios reservados, cajas de seguridad de esta mala memoria. El libro se llama La noche le es propicia, y el poema en cuestión Para que habite entre su luz:

Todo el mundo es luz y sombra
pero a él la sombra le siguió
más que la luz y oscurecía
de igual modo un suceso alegre
que el reposo entre dos abrazos.
Ese aire gris sobrevolaba
sus pensamientos día a día
y le acosó por los jardines
por los hoteles y sus camas
manteniéndole prisionero
del insomnio y la soledad.
Sólo el humo de un cigarrillo
o la ebriedad o la pasión
le apartaban ciertos momentos
de una suerte sin caridad.
Por eso ella le acompaña
cuando bebe y respira el humo
y le desviste y se desviste
para que habite entre su luz.
En La noche le es propicia (Lumen, 1992) José Agustín Goytisolo cuenta la historia de dos personajes encontrados en cualquier ciudad, y su relación durante una noche. Dos personas más definidas por rasgos como la luz o la sombra que por sus propias características físicas, perfectamente trazadas en un ejercicio poético tan perfecto como tangible. Entendemos por sinestesia una sensación subjetiva de correspondencias entre sentidos diferentes: "Todo el mundo es luz y sombra", dice el primer verso. Los claroscuros de los personajes son palpables, besables, audibles, visibles. Y envuelven y separan sus luces y sus sombras creando mareas de claridad y oscuridad que luego vuelven a desaparecer.

Tal y como ocurre con los personajes que conocemos o con los que nos identíficamos ante el espejo, seres luminosos que precisan esa oscuridad abismal para ser simplemente ellos. Tal y como ocurre con los silencios o o las palabras mudas; con los nervios descontrolados que encuentran la calma en los espacios en blanco y su disposición delicada en las hojas.

Como con los perfectos jardines zen en recipientes de comida congelada.



Créditos de la imagen inicial aquí.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El ojo de la mujer

Un caso de buscada casualidad. Me explico: Soy usuario casi diario de las diferentes bibliotecas de la ciudad; nunca he estudiado en otro sitio y son lugares ideales para desaparecer a ratos. Recuerdo estar peleando con algún tema de la puñetera oposición. Había, hay días así; es inevitable. Solía poner un pequeño cartel en el pupitre con dos mensajes a utilizar según conveniencia o circunstancias; por un lado decía: "Estado de concentración total. No agitar. No tocar. Peligro. Abstenerse". Al girarlo el mensaje era otro: "Por lo que más quiera: ¡Interrúmpame! cualquier tema será gratamente recibido". Hay días así; se intenta a toda costa lanzarse sobre cualquier cosa que te agarre y saque de aquello. En mi caso, el vagabundeo por las estanterías es una balsa agradable al tiempo que firme, y la elección casual de un tomo, una costumbre que espero no perder. Fue en una de esas que me vi leyendo, de pie, apoyado en la estantería, El ojo de la mujer, un pequeño tomo de poesía que me acompañó a casa y a otros tantos sitios. El día que tuve que devolverlo a la biblioteca entré directamente a buscarlo en la librería. Hoy sigue siendo una lectura asidua.

También hoy leo en la cuestionable sección de cultura del diario Ideal de Granada una reseña mientras disfruto en un bar de mi cotidiano encuentro fugaz con el café: Gioconda Belli gana el 50º premio Biblioteca Breve con "El infinito en la palma de la mano". Y miro, y ojeo la noticia tranquilamente, con la taza de café en el duro oficio de calentarme las manos. Es un encuentro madrugador y amable con una cara conocida, con la cara que firmaba aquellos versos de El ojo de la mujer.

Nunca había visto describir una desnudez del modo en el que ella lo hace. Siempre es lo primero que me viene a la mente; no había visto una desnudez como esa. La mujer desde todos los ángulos, se va desplegando como mujer-poema; ya sea desde su propia contemplación o desde la que le devuelven los ojos y cuerpos ajenos. Se extiende como si cada elemento, dedos, pelo, pecho, o curva de su piel enraizase con una naturaleza primigenia, reafirmando su capacidad creadora; naturaleza y mujer-poema, la cual va creando sobre sí misma. Siempre me da la impresión de adentrarme en cierta mística, cierta nocturnidad; en una calma lunar al volver a sus poemas. Algo secreto de lo que se sonríe ante mi incapacidad, pero también algo que la hace estremecer. La conciencia de su sexo, de sus identidades, de su forma, de sus certezas, se cruza en carriles con el descubrimiento de sus movimientos, de sus edades, de sus violencias y bajadas a los sótanos, de sus re-nacimientos y des-nacimientos. He ahí el ojo de la mujer.


Le había hablado a Be de aquel libro. Creo que le hablé más de lo que suelo, y eso debió parecerle extraño. Un tiempo más tarde, citándome en Gran Vía me regaló -sutilmente atravesado por un marcapáginas con fragmentos de un himno de Baudelaire- Apogeo, otro libro de poemas posterior. Allí está el apogeo de esa imagen reflejada en cada ámbito, esquina, papel o piel. El apogeo plantado en la encrucijada de la plenitud y también de los miedos. Re-creándose; desplegándose y contrayéndose como letras o cuerpos en contacto; lanzando sus raíces en movimientos cargados de erotismo y sabiduría, la mujer-poema se descubre.

No me arrepiento de nada

Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.

Gioconda Belli. Apogeo
Colección Visor de Poesía

viernes, 19 de octubre de 2007

Marcapáginas; Mala Suerte

"Un infortunado fue llevado no hace mucho ante nuestros tribunales; en la frente lucía un curioso y singular tatuaje: ¡Mala suerte! Llevaba así sobre sus ojos el marbete de su vida, como un libro su título, y el interrogatorio prueba que ese curioso rótulo era cruelmente verídico. Existen en la historia, destinos análogos, verdaderas maldiciones, hombres que llevan la palabra malaventurado escrita en misteriosos caracteres en los pliegues sinuosos de su frente. El ángel ciego de la expiación se ha adueñado de ellos y les fustiga con toda su fuerza para edificación de los demás. En vano su vida muestra talentos, virtudes, gracia; la sociedad les reserva un anatema especial, acusando en ellos las debilidades que les ha procurado su persecución. (...) ¿Existe por tanto una providencia diabólica que prepara el infortunio desde la cuna, que arroja con premeditación a las naturalezas espirituales y angélicas en medios hostiles, como a los mártires en los circos?"

Fragmento del texto introductorio de la traducción al francés
de Historias Extraordinarias, de Edgar Allan Poe, por Charles Baudelaire en 1856

domingo, 14 de octubre de 2007

Marcapáginas. Más Lowry.

Malcolm Lowry











El Cerezo Silvestre


Pusimos un puntal bajo la rama que se doblaba
Suspirando sobre la playa, colocamos cuatro piedras
En un montón sobre él, aunque pensamos que nuestros suspiros
eran los del cerezo, porque éste, como si estuviera
Totalmente compuesto por cicatrices del destino
Se obstinaba en acostarse como un mástil,
Terco como un aplastado botalón recalcitrante
Que ni se deja cortar ni amarrar.
Paso a paso- sin embargo, no era un apostador
De la vida ni del escaso apoyo
Donde dejamos a sus ramas muertas interrogarse
Hasta que su pulso sea renovado al sol, sintiendo
El apasionado odio de ese árbol

Cuyo anhelo era flotar en el mar.

jueves, 11 de octubre de 2007

Lowry

No me concentro. Tengo un día complicado. Paseo y doy vueltas por la mañana de una ciudad que va pulsando los botones de encendido y funcionamiento. Entro en una librería y salgo con un libro de poemas de Malcolm Lowry. Desconocía que escribiese poesía y pienso que todo lo que sé de él es lo que he encontrado en los pasajes escuetos de Bajo el Volcán, uno de esos libros que he ido posponiendo por miedo a que pase demasiado deprisa por mi vida... otra de esas estupideces que uno nunca deja de acometer. Me siento en la Plaza de las Pasiegas. Hay tránsito de periódicos, zapatos y paradas de desayuno.

Lowry es una de las búsquedas más vertiginosas de la autodestrucción que me he cruzado. Es desgarrador queriendo, a toda costa, mirar como cotidiano lo desesperado. Las cantinas, Venus, El Idioma del dolor del hombre... Lowry mira y habla con voz dejada, o tal vez rajada, como un barco cada vez más agrietado que indefectiblemente navega hacia el norte.

Como hombres sentados en plazas que desearíamos ver vacías, para sentirnos más autorizados moralmente a ciertos miedos, más conocidos, menos hondos; Para no plantearnos miedos de palabras comunes, y de hombres y mujeres comprobando el reloj; de perros al sol y repartidores; de te llamo en cinco minutos o simplemente no quiero llamarte, de bibliotecas ya abiertas y deberías estar en otro sitio trabajando o tal vez mirando todos los espejos oblicuos de la ciudad.


Hombres con abrigo azotados por el viento


Nuestras vidas, no lo lamentemos
son como cigarrillos frenéticos
que en días de tormenta
los hombres encienden contra el viento
con hábil mano protectora
y después se encienden tan a fondo
como deudas que no podemos pagar
y se fuman tan deprisa a sí mismos
que uno casi no tiene tiempo de encender
una segunda vida que podría
desarrollarse más blandamente que la primera
y en definitiva no saben a nada
y por lo general se tiran.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Epílogo

He encontrado guardada, en los archivos de la noche de los tiempos esta entrada escrita y preparada para iniciar; supongo que debió quedarse olvidada, como el propio blog, por dejadez. Tal vez no es el título más indicado para la primera entrada de un cuaderno; pero no pude dar con ninguno más adecuado que el que cierra la colección de poemas en prosa de mi siempre presente Charles Baudelaire. El Spleen de París, al igual que en Las Flores del Mal recorre desde los más colosales a los más ínfimos recodos de la existencia. Toda la belleza encontrada en donde nadie puede encontrarla; esas son las flores de las que hablará el poeta. Condenado y liberado. Sube a mirar, desde la montaña, la ciudad. La ciudad que conoce, que lo hace ser lo que es; ciudad ilimitada, maldita, eterna, ciudad vampiro y ciudad ideal aparece y se recrea a su mirada.
A la mirada de su cuaderno.

Épilogue

Le coeur content, je suis monté sur la montagne
D’où l’on peut contempler la ville en son ampleur,

Hôpital, lupanars, purgatoire, enfer, bagne,

Où toute énormité fleurit comme une fleur.


Tu sais bien, ô Satan, patron de ma détresse,

Que je n’allais pas là pour répandre un vain pleur ;

Mais comme un vieux paillard d’une vieille maîtresse,

Je voulais m’enivrer de l’énorme catin


Dont le charme infernal me rajeunit sans cesse.

Que tu dormes encor dans les draps du matin,

Lourde, obscure, enrhumée, ou que tu te pavanes

Dans les voiles du soir passementés d’or fin,

Je t’aime, ô capitale infâme ! Courtisanes

Et bandits, tels souvent vous offrez des plaisirs

Que ne comprennent pas les vulgaires profanes.


________________

A la montaña he subido, dichoso el corazón. / Desde allí, enteramente, puede verse la ciudad: / Purgatorio, lupanares, infierno, hospitales, prisión. /Toda desmesura florece allí como una flor. / Y tú ya sabes, ¡Oh Satán!, dueño de mi aflicción, / Que no subía a derramar lágrimas vacías, / Sino que, como viejo lascivo con su vieja amante, / Así quería embriagarme de la enorme ramera / Cuyo encanto infernal rejuvenece mi vida. / Ya sigas dormida entre las sábanas del amanecer, / Pesada, oscura, resfriada; o ya te engalanes / Con los velos de la noche recamados de oro fino, / Te quiero, ¡Oh infame capital! Vosotras, cortesanas, / Y vosotros, bandidos, a menudo brindáis placeres / Que el vulgo profano no sabe comprender.